Érase una vez, un habilidoso y bondadoso carpintero italiano llamado Geppetto que construyó un muñeco de madera al que llamó Pinocho. Por la ilusión que puso y por su deseo de que fuese de verdad, una noche apareció un hada en su casa, y logró que Pinocho tuviera vida, comportándose como un niño normal, debiendo distinguir entre el bien y el mal a través de su conciencia. Ante la aparición de un grillo llamado Pepito que todo lo sabía, el hada le nombró: “la conciencia de Pinocho, señor guardián del bien y del mal, consejero en los momentos de tentaciones”.

En una ocasión, Pinocho no quiso hacer caso de su conciencia “Pepito Grillo”, y se hizo amigo de dos niños muy malos que no le convenían, portándose mal y usando de justificación numerosos engaños. Por este motivo, el hada preparó un hechizo para que cada vez que mintiera le creciese enormemente su preciosa nariz de madera. Desde entonces, cada vez que Pinocho engañaba le crecía su nariz, de tal manera que reconocía que no estaba siendo sincero consigo mismo, sintiendo la necesidad de escuchar a Pepito Grillo para que respondiera a sus preguntas de manera honesta.

A Pinocho siempre le resultó útil el hechizo de la hada, puesto que le costaba diferenciar la verdad del autoengaño, dejándose llevar por excusas y absurdos pretextos. Igualmente, el grillo solía animar a Pinocho puesto que tendía al desánimo ya que en ocasiones se reprochaba ser diferente a los demás, pensando que era inferior, que no podría lograr sus objetivos, afectando todo ello a su autoestima. Sin embargo, Pepito Grillo nunca dudaba de las posibilidades de Pinocho, siempre le animaba incondicionalmente y nunca dejó de creer en él, aunque en determinados momentos era muy exigente y severo para que Pinocho se diera cuenta de sus errores y corrigiera su forma de actuar.

En ocasiones y siendo mayor de edad, Pinocho se comportaba de manera arrogante y su falta de humildad le impedía escuchar a su conciencia, posiblemente arrastrado por la falsa sensación de tener siempre la razón. De esta manera y con el tiempo, Pinocho empezó a tontear con la droga y el alcohol, minimizando el riesgo y dejándose llevar por su afán de hacer lo que los demás. Además, tenía la completa seguridad de que el controlaba y que por un poco no pasa nada. Tras un periodo de iniciación, Pinocho aumentó el consumo, inicialmente para pasárselo bien pero con el tiempo consumía además cuando estaba triste, ansioso o sin energías. Tras un tiempo difícil de establecer, Pinocho perdió el control, sufriendo finalmente una ADICCIÓN.

Fue una época difícil puesto que Pinocho no padecía aparentemente las consecuencias de su nuevo pero desconocido problema, mientras que su padre Geppetto pese a no entender la enfermedad, empezó a advertirle de la necesidad de pedir ayuda porque había dejado de ser bondadoso y trabajador, para convertirse en un hijo desagradecido y desconfiado. Además empezó a dormir y comer mal, sintiendo en ocasiones y sin motivo alguno, ansiedad, paranoia y apatía. En su desesperación, Geppetto también recurrió al grillo, pero se encontraba tan debilitado que apenas podía mantenerse despierto.

Producto del consumo, el pobre grillo enfermó y dejó de aconsejarle, provocando que Pinocho hiciese cosas que normalmente no haría, siendo peligrosas para su salud y muy nocivas para su entorno. A Pinocho le cambió el carácter, de ser un niño afable y divertido, se había convertido en un adulto introvertido, irascible, impulsivo, disminuyendo sus motivaciones y rendimiento laboral.

Pinocho mentía por todo, creando historias elaboradas para explicar sus frecuentes gastos de dinero, caprichosas ausencias o excéntricos comportamientos. Inicialmente, le preocupaba el crecimiento de su nariz al mentir, intentándolo ocultar de todas las maneras posibles, pero con el tiempo consiguió aislarse tanto que nadie lograba enterarse de su dura realidad y del sufrimiento que le empezó a invadir tras los efectos de la intoxicación.

Reconociendo en ocasiones su incapacidad, Pinocho empezó a sentirse solo y desanimado, y a comprobar cómo su consumo le vencía una y otra vez, haciéndole sentir confundido en cuanto a qué le estaba ocurriendo. Pese a numerosas promesas, Pinocho carecía de la voluntad para poderlas cumplir al tener lastimada su conciencia, y entendió que no era cuestión de autocontrol sino de autoaceptación, debiendo asumir su problema y pedir ayuda a su desconsolado y apenado padre para que le buscara la asistencia profesional más adecuada para él.

Al poco tiempo de reconocer su problema, su grillo Pepito recobró la salud y empezó nuevamente a darle buenos consejos y a protegerle de las tentaciones. Gracias a los psicólogos, Pinocho entendió su enfermedad, fue más sincero, creció su tolerancia a la frustración, aumentó su autoestima, y aprendió numerosas estrategias de afrontamiento para no volver a consumir. Con el tiempo, volvió a sonreír y a tener ilusiones, disfrutando de la tranquilidad y libertad de la abstinencia.

Colorín, colorado este relato se ha acabado.

En estado normal, Pepito Grillo nos anima y nos convence de nuestras posibilidades, aportándonos una alta autoestima. También nos recrimina cuando nos comportamos mal a través de la culpa, logrando que aprendamos y seamos más responsables con nosotros mismos y con los demás. Producto de la adicción, Pepito Grillo se vuelve muy inestable, a veces muy permisivo y consentidor, y en otras ocasiones, excesivamente crítico, minando nuestra frágil autoestima.

En la adicción, nuestra conciencia deja de comportarse de manera normal, impidiendo diferenciar entre la verdad y la mentira, desempeñando un papel justificador con nosotros mismos y con los demás en cuanto a los riesgos que asumimos para continuar consumiendo. Además olvida recordarnos numerosas reglas éticas que igualmente dificultan nuestra relación con los demás, obviando el sufrimiento ajeno.​

La filosofía considera que la conciencia es la facultad humana para decidir acciones y hacerse responsable de las consecuencias de acuerdo a la concepción del bien y del mal. Para la psicología, la conciencia es un estado cognitivo que permite que una persona interactúe e interprete la realidad, actuando en consecuencia. Cuando la conciencia funciona de manera adecuada, las valoraciones serán racionales y lógicas, permitiéndonos una vida estable, con emociones ajustadas a las circunstancias y con comportamientos beneficiosos.

Sin embargo, producto del consumo de sustancias tóxicas, nuestra conciencia se ve seriamente alterada, con interpretaciones poco razonables, ilógicas e inadecuadas que conllevan emociones desajustadas, cíclicas y poco manejables, con numerosas conductas poco adaptativas basadas en la negación y la evitación, con un quebranto de la voluntad y el control.

MORALEJAS:

  • Con la conciencia alterada, la fuerza de voluntad no es suficiente para dejarlo. 

  • Sólo desde la conciencia del problema se puede asumir la responsabilidad de la recuperación.

  • Cuida aquello que te protege, si alteras tu conciencia, enfermará sin darte cuenta y sufrirás las consecuencias.

  • Una buena conciencia nos defiende y ayuda, pero cuando resulta alterada por la droga requiere de ayuda profesional para recobrarla.

  • Sólo asumiendo tu pérdida de control podrás lograr la libertad y la tranquilidad, y aspirar a la felicidad.

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CÓMO AFECTAN LAS ADICCIONES A NUESTRA CONCIENCIA: 

"CÓMO PINOCHO DEJÓ DE ESCUCHAR A PEPITO GRILLO"

por Carlos Villoria

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